HECTOR ALTERIO, su obra, su vida. Entrevista exclusiva..


Hay personas que consiguen dejar marca con su trabajo. En el mundo de la actuación existen los nombres propios, aquellos que con sólo nombrarlos nos disparan recuerdos de su obra, de escenas memorables, de un mundo de ficción que nos hemos creído.

El de Héctor Alterio (Buenos Aires, 1929) es de esos pocos con una sonoridad muy especial. Enterarnos de su presencia en cualquier obra nos merece un respeto previo especial, una expectativa notoria. Han sido tantos y tan variados sus buenos personajes, que seguramente todos imaginamos un Alterio diferente en nuestras mentes.


En estas últimas tres semanas, su lúcida y esbelta figura de 81 años se adueñó del escenario de un teatro céntrico de Barcelona. Y lo hizo junto a otro prócer de las tablas, don José Sacristán (Madrid, 1937). Ambos encabezaron el cartel de la exitosísima “Dos menos”, una pieza teatral que llevan casi tres años rodando, y que se convirtió en la excusa perfecta para acceder a esta entrevista en el lobby del hotel donde se alojaron estos días.


Una entrevista de Joaquín Daniel y Marcelo Espiñeira.

Lleváis más de trescientas representaciones con “dos menos”, verdad?
Sí, vamos por las trescientas sesenta, contando las que hemos hecho en Buenos Aires. Donde hemos estado prácticamente un año, contando los ensayos y las más de ciento cincuenta funciones. Y el resto lo hicimos en el año y medio que llevamos aquí. Y todavía nos quedan las tres semanas en el Poliorama, luego en León, Marbella y terminaremos en San Sebastián.

Forma parte del trabajo, uno siempre comienza esta aventura y sabe que algún día terminará. Uno desea que tenga éxito, lo ha tenido. Que venga gente, la tuvimos. Pero todo tiene un principio y un fin. Y para cuando termine con esta obra tengo algunos proyectos, aunque nada concreto aún.


Nos suena increíble que sufras de alguna inestabilidad laboral.
Siempre uno está atento al teléfono, a que lo llamen. Pero es algo que se viene repitiendo de hace tantos años y lo tengo tan incorporado. Ya se que es así y no me afecta ya de una manera traumática, ni mucho menos. Se que en algún momento surgirá algo.




Has tenido algún momento incierto y que haya durado más de lo que esperabas?
Sí, lo que pasa es ya lo tengo un poco olvidado, pero hubo. Especialmente aquí, cuando llegué. Hace 34 años que estoy aquí, en España. Y al principio tuve que remar mucho para afrontar una situación donde era un desconocido prácticamente.



Y además no era tu plan...
Además de no haberlo elegido, ni mucho menos. Pero, no tenía otro remedio. Con mis hijos pequeños, en fin… Y un lugar que, por más que tengamos el idioma parecido, no es lo mismo.


Y qué aires se respiraban en aquella España del ´74?
Estaba el franquismo, Franco todavía vivía. Estaba todo su sistema vigente. Yo llegué en el 74 y Franco murió a finales del 75. Y después vino la transición. Evidentemente la llegada de Felipe González, algunos años después, posibilitó una apertura que hasta aquel momento no la había. Y entonces ahí ya hubo un reverdecer de cosas, pero pasé mis momentos complicadillos. (se ríe).



Barajabas la posibilidad de volver a Argentina?
La posibilidad de volver no se vislumbró hasta el final de la dictadura militar, es decir ocho años después de mi llegada. Y ya tenía muchos años aquí, que quieras o no, es una medida de tiempo que te hace encariñar o pensar en otras cosas. La posibilidad de no provocar a mis hijos un desarraigo, que en aquel momento ya eran pre-adolescentes, pesó en la decisión de quedarnos. Entonces yo comencé a trabajar allí y aquí, yendo y viniendo. Y dejé de lado la posibilidad de reinstalarme en Argentina. Todo eso acompañado de un avance tecnológico que iba subsanando cualquier nostalgia. La llegada de tantos argentinos a Madrid, posibilitó una apertura que solucionó todos esos deseos cotidianos que teníamos, el periódico, la carne, y muchas otras cosas...


Sacristán y Alterio en escena.
El mate..
El mate era una cosa de pedir yerba a Buenos Aires de manera desesperada… porque se acababa. Y ahora aprieto un botón y leo el periódico argentino antes de que lo lean allá. Pero, la fiesta que yo sentía cada vez que iba a buscar un Clarín a la Gran Vía (en Madrid), eso era algo maravilloso para mí. Iba una vez por semana a buscar un periódico argentino atrasado con noticias viejas, pero tenerlo en mis manos era algo único. Eso ya no lo tengo más, con la llegada de tanta nueva tecnología, se perdió. Se perdió el deseo. El deseo de comer algo que no había. La radicheta (risas). Son cosas ya irrecuperables.

Y el teatro, se me ocurre que es un género que desafía a esta tecnología invasiva, Con un escenario minimalista sigue atrayendo al público.
Sí, a diferencia de la televisión y el cine, el teatro posibilita un ejercicio, una gimnasia que a mí me revitaliza mucho. La presencia del público, que es siempre distinto. El señor que está hoy en la butaca no tiene nada que ver con el que vino anoche. Y además, ese señor dispuso de un tiempo y un dinero del cual yo vivo, y a mi me parece milagroso que vengan y se sienten ahí para verme. Y yo le tengo que tener respeto a eso. Por más que llevemos trescientas o tres mil representaciones, él la ve por primera vez. Y eso no lo tiene la tele o el cine, y también me permite mejorar lo que creo mejorable de la noche anterior. El teatro es algo que se mueve permanentemente, yo estoy ahí y no me dejo llevar por la repetición.

Recuerdo haberte visto haciendo "El túnel" en el Romea, justo la noche que el Barça había ganado la Champions. Y tú estabas en el monólogo final y se oían los gritos desde la calle.
Sí, me acuerdo. También en Valencia me pasó con el ruido de las fallas. Son accidentes y hay que aceptarlos porque forman parte del trabajo.



El desafío constante que es el teatro. Esa vitalidad que tiene.
Sí, por supuesto. Nadie tiene la culpa, pero no iba a parar la obra por los gritos de la calle. Aunque ahora recuerdo que tenía un amigo que estaba haciendo una función en un teatro de Buenos Aires, en pleno mundial de futbol del 78, y cuando Argentina ganó el partido final, decidió parar la función, no quiso trabajar, bajó por las escaleras y se fue. (risas). El acontecimiento del futbol provoca, en aquellos que son fanáticos, una cosa única. Y por eso dejó la función para perderse en las manifestaciones que venían desde el estadio de River y pasaban por la puerta del teatro. Bueno, eso nunca me ha tocado a mí.

Sigues aprendiendo todavía?
Sí, permanentemente. Todos los días. Esta gimnasia revitalizante funciona en todos los sentidos. En lo físico, en lo mental, en recuperar mi juventud. Cantidad de cosas que no me las da ni el cine, ni la tele. Yo gano más dinero en esos medios, en menos tiempo que en una larga temporada en teatro. El cine y la tele te dan trascendencia. Pero, la salud mental y el sentimiento de estar haciendo algo realmente para alguien se la debo al teatro. No hay una función que sea igual a otra. Un público que sea igual a otro. Es un género muy vivo.

Igual hay de todo. He conocido actores que trabajaban en el escenario escuchando el partido de fútbol…(risas). Hay de todo. Si lo veías que hacía un gesto extraño…era porque el Madrid había metido un gol. (risas). O eso de hacerse bromas entre los compañeros en escena. Son cosas que no entraron en mi forma de ser. Me siento muy mal faltándole el respeto a ese señor que dispuso de su tiempo y su dinero para que yo de alguna manera lo movilice.

Conmueve tu facilidad para meterte en la piel de personajes tan opuestos, a lo largo de tu carrera.
Siempre he sido un tipo muy curioso, trabajé en la calle cuando no podía vivir del teatro, mis oficios los elegí de manera tal que me permitieran no estar encerrado en una oficina. Soy hijo de inmigrantes italianos, de clase media baja, no tengo formación universitaria, ni nada, soy un simple muchacho de barrio que tuvo la oportunidad de codearse con gente mejor que uno y de los cuales poder mamar. Y la calle justamente me posibilitó esto. A mí me entretenía estar en un café y mirando a alguien hablar por teléfono. Era una fiesta todo eso, ir por la calle y mirar mucho. Y todo eso entró en mí para que en determinados momentos de mi profesión, pueda involucrarlo en mis personajes. Tanto sean entrañables, como sean hijos de puta, que me tocaron hacer también. Y eso lo viví en la calle. Con esto te quiero decir que no tuve una escuela, aunque no las deseche para nada, ya que son importantes para mucha gente. Mi escuela fue la calle.

Cómo marcas el límite entre el personaje y tu mismo? Te preocupa preservarte?
Sí, yo me preservo permanentemente, para mí y para mi entorno, para mi gente y para mi familia. Termino mi función y vuelvo a ser yo mismo. Uno nunca deja de ser uno mismo, en realidad. Pero cuando termina el juego, se terminó y ya me relaciono, vivo, sufro y me río como cualquier ser humano, no?


Escena de "Dos menos" con Hector Alterio y José Sacristán.
Ya que lo nombras...cuánto tiene de juego esta profesión?
Muchísimo. Cuando tenía seis años, esta profesión se inicia para mí cuando jugaba con mis amigos. Hay una escena que siempre recuerdo, ya sin tanta nitidez, pero que es como si mis ojos fueran la cámara y allí abajo estaban las caras sonrientes de mis compañeritos escuchándome, mientras les contaba mis travesuras. Yo recuerdo que eso me provocaba un protagonismo que me hacía muy bien, gozaba haciendo eso. Y ese juego se fue repitiendo, siempre me gustó transgredir, convertirme en algo que no era. Y esto se produce también en el teatro. El espectador sabe que yo estoy haciendo un personaje.

De pequeño siempre fui muy solitario, de aspecto enfermizo, el hijo menor de una familia de cuatro hermanos. Cuando venían los carnavales, yo vivía por el barrio de Chacarita en la calle Triunvirato, me disfrazaba solo y me iba al corso de Villa Crespo. Y ahí, ya era otro. Aún siendo muy tímido, me ponía algo encima, una careta o lo que fuese, y esto me posibilitaba hacer cosas que no hubiera hecho sin el personaje. Ese juego se repite ahora con el espectador, con aquel que ya sabe de antemano que irá a jugar. No es algo consciente, pero ir al teatro es ir a jugar. Voy a intentar creer algo que es mentira. Eso mismo me sucedía hace más de setenta años atrás.

Cuántos artistas habrá que esconden un ser tímido en su interior...
Siempre da esa sensación. Yo lo he sido. Ahora, evidentemente la vida te va posibilitando una apertura y un aire que no tenía antes. Pero, siempre he sido muy tímido. Muy vergonzoso, nada lanzado. Pero, con algo puesto encima, mataba…(risas).
En la escuela primaria imitaba a los profesores, a los doce o trece años ya estaba actuando. Jugando de alguna manera, pero actuando. Tuve un profesor que me llevó a un grupo de teatro y así empecé con trece o catorce años. Eso fue creciendo lentamente, terminé integrando grupo de teatros renovadores en la época del peronismo, ahí comencé a contactar con los autores y a dejar de lado mi ignorancia absoluta en el tema. Y en los años setenta ya tuve mis papeles en el cine, con directores como Leopoldo Torre Nilsson y a trascender un poco más.

Hasta que en el ´74, yo ya tenía un cartel importante, había hecho dos o tres películas como "La tregua", "Quebracho" y "La Patagonia rebelde", que me catapultaron a un reconocimiento general y cuando el periodismo me hacía entrevistas, yo vertía opiniones con total libertad. Claro que, mientras tanto se estaba gestando la Triple A. Algo que nadie sabía, estaba Lopez Rega tratando de ordenar.

Justo para aquella época me toca venir con una película al Festival de San Sebastian. Me dieron permiso para venir aquí por una semana y mientras estoy aquí, mi mujer recibe una carta de la Triple A, pero con remitente de Mercedes Sosa. Usaban ese método, porque Mercedes era una amiga y sabían que enseguida abriríamos la carta, que dentro contenía la amenaza. Que decía que "si en 48hs no abandonaba el país, sería ejecutado en el lugar que me encontraran", firmado por la Triple A. Y la misma amenaza fue recibida por cuatro compañeros más. Luis Brandoni, Horacio Guaraní, Nacha Guevara y Norman Brisky. Era la primera vez que se amenazaba a artistas populares y les servía como ensayo a esta gente para ver que reacciones se generarían. Hubo una fuerte cobertura de prensa del hecho y una movilización de la Sociedad de Actores. Pero la amenaza era cierta y nadie podía saber que efectividad podría tener. Mis compañeros se fueron a diversos países latinoamericanos y yo me quedé aquí.



Traías una maleta para una semana, y te terminaste quedando ocho años.
Sí, me dijeron que me consiguiera algo de trabajo porque no podía volver. Aquí encontré mucha colaboración de españoles, gente que me facilitó dinero, casa, y una gran generosidad. Viviendo en la casa de uno, en la casa de otro. Y luego cuando en ese interín se produce la aparición pública de la Triple A matando a Ortega Peña que era un abogado laboralista, también matando al hermano de Frondizi de manera impune, entonces mi mujer se asustó y se vino aquí con mis hijos también.
Y empezamos aquí de nuevo, un poco tambaleando. Y nos quedamos, por pura casualidad, por mi viaje al Festival de cine. No se que hubiera sido si me pasaba estando en un festival en Checoslovaquia. (risas).

Ahora nos reímos, pero seguro habrá sido tu momento más trágico.
Sí, y aquí estamos ahora.

A tus hijos, Ernesto y Malena, les has inculcado tu profesión?
No, para nada. (risas). No, imagínate, con todo esto que te estoy contando.


Y cómo los boicoteabas? Les decías: "Nene, tu tienes que estudiar algo"…
Sí, lo intenté todo. Pero, yo veía que tenían inclinación, que tenían interés. Pero el antecedente es que yo era un ignorante. Yo podría haber estudiado música, porque me encanta. Podría haber estudiado ciencias. Pero, no pude porque tuve que trabajar y porque fui el único sostén de madre viuda, por eso no hice la mili. No quería que ellos fueran actores. Pero, está bien. Cumplimentaron, llegaron a la universidad y cuando fue tiempo de elegir, eligieron ser actores y ya no tenía otra manera y me encomendé a que tuvieran suerte.

Y la están teniendo. Son muy buenos los dos.
Sí, pero podrían no haberla tenido. Y tienen trascendencia. Todo esto lo mamaron, tienen mucho respeto por esta profesión y la necesidad de hacerlo realmente. Ellos venían en mis giras de teatro y jugaban, se metían en los camerinos, en los vestuarios, se ponían cosas, fue algo inevitable. Me hubiera gustado que se dedicaran a otra cosa, pero ahora afortunadamente me tengo que callar la boca. (risas).

En tu próxima vida serías doctor, abogado o volverías a incurrir en esto de ser actor?
Como se que es una pregunta un poco utópica, te responderé utópicamente. (risas). Sería músico.

Tocas algún instrumento?
No, bueno...el timbre se tocar…(risas).

Bueno, es importante.
Hay que saber tocar el timbre…(risas). Un solo tono, y hay que ver quien abre la puerta.


Eres muy tanguero?
Mucho. Son cosas que se fueron agudizando con la distancia, con la nostalgia. Me gusta mucho el tango de mi generación, las orquestas del 40, del 45, del 50. Recuerdo estar escuchando en la radio a Troilo tocando "Malena" y llorando cuando venía el solo de bandoneón. Y mi hermano me decía "qué te pasa?". Y no sabía que decirle, son cosas que conformaban mis apetencias musicales. Quise estudiar y no se pudo. Tuve que trabajar y bueno, es lo que he hecho. Una cosa por otra, no se puede todo.

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