REI ARTUR. Amb il.lusiò independentista.

Escribe Marcelo Espiñeira.


Amb il.lusió, mientras se viste de candidato, el Rei Artur vuelve a recuperar su viejo eslogan electoral para hacer frente a la tremenda crisis económica que atraviesa el denso tejido social catalán.

A escasas horas de la histórica manifestación popular del 11 de setiembre pasado, el president de la Generalitat tuvo claro cuál sería su nuevo rol en esta coyuntura. Sería su lider o no sería nada

En un discernir cuasi shakesperiano, el mismo Artur Mas que prefirió no asistir a la mani, plantóse firme ante el mundo al día siguiente, articulando frases que sonaron a ruptura sentimental. La tortuosa relación hispano-catalana había llegado a un camino sin retorno, ahora solo cabe la ruta soberanista. (Y esperemos que no tenga demasiados peajes que pagar...)
Ruptura inevitable
La abnegada tarea de la Asamblea Nacional Catalana cosechó un fruto inédito en la historia democrática peninsular. Jamás se había reunido semejante cantidad de personas (casi un millón y medio), y con tal claridad de ideas: Volem una Catalunya independent fue la consigna unánime.

Tamaño éxito podría explicarse a través de años invertidos en pequeñas asambleas organizadas a lo largo de la inmensa geografía pueblerina catalana, charlas de proximidad con unos vecinos hastiados de un expolio fiscal perfectamente demostrable. Y es que esta vez la contabilidad y las cuestiones históricas se confabulan en busca de una solución razonable. Catalunya debe ser independiente de España tarde o temprano. Aunque si juzgamos por lo sucedido en las calles de Barcelona durante la última Diada, hay muchos que se sienten ansiosos y urgidos por participar en la historia grande de esta nación mediterránea de manera inmediata.

Imágen de la millonaria manifestación por las calles de Barcelona.

Factores extra
En una cuestión tan sensible como esta, las voces de la mayoría terminarán decidiendo (así debería suceder en una sociedad democrática). El camino ofrece muchas direcciones posibles y la oposición española luce tan terca como homogénea, con lo cual los futuros movimientos de los independentistas necesitarán de equilibrio, sensatez y muchísima cordura.

En el escenario actual, resulta imposible ver más de diez jugadas probables, las variables que confluyen son numerosas e indescifrables, en algunos casos. Con la cuestión independentista por fin sobre la mesa de negociación, ya todos nos vamos haciendo a la idea de lo complejo y heterogéneo que puede resultar el camino.

El centralismo de Rajoy aglutina pasiones en territorio catalán. Muchísimos nuevos independentistas se han sentido severamente agredidos por las políticas recentralizadoras del Partido Popular. No es para menos, desde Madrid la hostilidad ha ido en aumento desde el advenimiento de la crisis mundial. La disputa por el gran pastel nacional se ha intensificado, las cuentas no le cierran a nadie y los guardianes de la vieja Constitución ladran como nunca. 

Si Bankia ha sido rescatado con fanfarrias de fondo, ¿por qué al resto nos dejan a la deriva? nos preguntamos muchos ciudadanos al borde de la ruina personal más inesperada. Y de esta fuente también se nutre el independentismo catalán, de un descontento profundo ante la política de los recortes y la austeridad extrema.

Cambio de vestuario
De aquí que Mas haya tenido que virar su discurso y forzar una reunión en Madrid pidiendo un pacto fiscal en términos poco aceptables. Escenificación poco creíble (si realmente buscaba negociar el pacto fiscal) pero que ha dejado el objetivo claro. Luego de dos años de legislatura catalana acordando con la astuta Sánchez Camacho y recortando sin piedad alguna los presupuestos de los servicios sociales, el President despertó de su pesadilla de gobierno y se soñó prócer de la patria. Fueron solo unas horas, no dispuso de más tiempo, y convengamos que se la ha jugado por completo. 

Los tiempos de relaciones estrechas con Sánchez Camacho ya han pasado para Artur Mas.
En su llamado a elecciones para el 25N, pueden leerse muchos mensajes entre líneas. Después de la super mani de la Diada, cabía un posicionamiento de su parte. Haberse mostrado inseguro hubiera sido su final político. Haber demostrado su vocación para liderar el proceso en ciernes lo demuestra enérgico y al mismo tiempo le otorga aire para afrontar un posible segundo mandato. Al mismo tiempo, anticipar las dificultades del camino elegido, le brinda un margen de error mucho mayor. Y si todo se tiñe de nacionalismo patriótico, hasta es posible que sus votantes le dejen pasar por buenas, muchas decisiones de gobierno que serían discutibles en la actualidad.

Hablando claro, el gobierno de Artur Mas ha sido francamente decadente en muchos aspectos. A escala territorial repitió el libreto de Rajoy, además fue precursor y hasta se han jactado de ello desde su propio partido. Ha reprimido duramente en las calles, ha suprimido el servicio de la sanidad pública hasta el límite de lo soportable, ha recortado becas de estudio, se han suspendido todas las subvenciones a la cultura, no ha logrado reactivar el tejido industrial, no ha conseguido atraer inversiones importantes, ha tardado demasiado en pagar deudas a proveedores y la lista podría continuar...

Tierra de desahuciados
De momento, el independentismo ha reaccionado como una piña, arropándolo con gratitud y poca crítica. Al menos, el sector más ilustre, el más histórico y el que seguramente menos se cree lo que está sucediendo. Tras años de perseguir quimeras (diría el cazador de paquidermos), llega un President joven, valiente y apolíneo y se decide a plantear la independencia catalana ante los poderes fácticos madrileños. Muchos históricos independentistas deben estar alucinando.

Vecinos intentando detener un desahucio en Catalunya.

El resto de los que asistieron a la mani y aquellos otros que no pudimos ir, deberemos pensar bien si Mas es el candidato idóneo para el 25N. Porque también estamos hartos de los discursos uniformes, porque todas las ideas sobre esta nueva Catalunya (que ya comienza a ser independiente) deberían sopesarse con mesura y a conciencia, lejos de la histeria de los sms o las redes sociales, y mucho más cerca de los problemas reales de una sociedad que soporta casi 1200 desahucios por mes, entre otras miserias de un gran catálogo de aberraciones.





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