NO TENGAS MIEDO, Armendariz apuesta por el compromiso.

Una crítica de
Lilian Rosales de Canals.


No es un film para reír, para soñar, para meterte en la camisa de un superhéroe o relajarse cómodo en la butaca del cine. La película basada en sucesos por todos conocidos, por muchos negados, vetados y convertidos en tabú: "los abusos sexuales durante la infancia junto a sus secuelas psicológicas y físicas", es por el contrario, una controversial historia con un enorme y explícito compromiso social. 



Su guionista y director, el navarro Montxo Armedáriz (Olleta, 1949), manifiesta que la idea surge tras la reunión con algunos amigos (psicólogos y psiquiatras) quienes comentaron acerca del caso de una chica que había sido ingresaba con un trastorno disociativo, tras haber sido abusada sexualmente durante la infancia. El caso despertó su interés y comenzó a investigar sobre las secuelas físicas y psíquicas que deja esta experiencia, así como a contactar con algunas víctimas.

El aspecto dramático de tales historias le llamó poderosamente la atención: un pasado oculto y un desequilibrio emocional profundo, por un lado, mientras por el otro,  un sesgo social, una condición de tabú y acaso de estigma, al ser ese tema del que nadie quiere hablar. Así nace el proyecto, con la intención de reflejar una realidad silenciada, alcanzarla hasta la sociedad y contribuir a la tarea de enfrentarla. 


El cineasta refiere conocer que para intentar superar las secuelas, las personas abusadas necesitan ayuda terapéutica, y que a él no le interesaba retratar la clásica escena de conversaciones en un diván. Por lo tanto, echó mano de la terapia MDR. Este método psicoterapéutico, descubierto y desarrollado en 1987 por la Dra. Francine Shapiro, consiste en usar estimulación bilateral en un protocolo especial relacionado con las situaciones traumáticas que desencadena la desensibilización y el consecuente reprocesamiento de los traumas, acompañado de la desaparición de la sintomatología. Como la estimulación podía hacerse mediante un ejercicio de los ojos, a Montxo Armendáriz le pareció que encajaba perfectamente dentro del concepto visual de su película.


La trama
Silvia es una joven marcada por una infancia traumática y silenciada. Los abusos sexuales por parte de su padre le han convertido en una persona tímida y confundida. La complicidad de la madre, por negación a la realidad, ahonda en el drama familiar y personal. Hasta que con 25 años, la protagonista decide tomar el rumbo de su vida, enfrentarse a sentimientos y emociones contradictorias hasta romper con ese pasado. Su lucha contra sí misma, contra el silencio, la confusión y la adversidad, irá ganando terreno hasta que logre controlar sus temores, sus dudas y suponemos, en su final abierto, alcanzar el objetivo de superación.


El film registra unas categorías arquetípicas clásicas de  una sociedad enferma. Se calcula que el 20% de la población española ha sufrido abusos sexuales infantiles, muchos de los cuales se producen dentro de la familia de la víctima (el 23% de las niñas ,el 15% de los niños menores de 17 años). 




"Crecemos con el silencio y esa parte oscura se archiva en el maletero de nuestras peores pesadillas, hasta que un recuerdo, una escena o un olor la rescatan y nos enfrentan con lo vivido. Entonces el infierno vuelve a comenzar", según la terapeuta Pilar Polo (Universidad de Barcelona), quien es coautora de un informe sobre abusos sexuales en la infancia, junto a la presidenta de la Federación de Asistencia a Mujeres Violadas, Tina Alarcón; y Noemí Pereda, profesora de la Universidad de Barcelona. Todas ellas miembros activos de la Fundación Vicky Bernardet, entidad que lucha contra los abusos infantiles. 


Dicho informe es una obra atrevida que pone a prueba la concordancia entre la realidad y el sentido común. Tan estremecedora, pasivamente dura y contagiosa de impotencia, en una sociedad donde la agresión sexual es tipificada como "abuso" en el código penal, entre tanto no exista violencia física, ya que los niños no suelen resistirse. 


Perfil psicológico
En el desarrollo psicológico del personaje del filme se puede ver muy bien dibujado el perfil de una joven desgastada afectivamente, incomprendida y sola arrastrando consigo el peso de un gran secreto, confundida ante un amor-odio explícitamente manifestado en una escena: "no entiendo cómo la persona que más te ama es la persona que más daño puede hacerte"


También se entreve el rasgo patológico de vínculos que se establecen, propios de estas situaciones, como la sustitución de roles de hija a "hija-pareja" en una ambivalente emoción y actitud hacia el padre agresor.


El director, mediante secuencias largas rodadas en exteriores cuyos fondos están desenfocados a menudo, destaca el marco para imponer la atención sobre el estado emocional del personaje de Silvia: signado por el ritmo del caminar ansioso, describiendo una atmósfera de soledad, angustia y desesperación. La presencia de tics, la ludopatía, los síndromes y los síntomas propios de las personas que padecen un abuso o problemas psicológicos, logra así redondear un perfil patológico preciso en la actuación de la actriz Michelle Jenner en su papel principal. 




Vale mencionar la participación interpretativa para el papel de Silvia durante las dos elipsis previas de la historia: Irantzu Erro (Silvia  a los 14 años) y la particularmente extraordinaria interpretación de la pequeña actriz Ainhoa Quintana (Silvia a los 7 años).


La actuación del primer actor, Lluìs Homar, sin duda es muy correcta y apropiada,  logra producir en el espectador esa repulsión, cual si se tratase de un caso documental. En una película donde los gestos y las expresiones llegan a jugar un papel fundamental en la interpretación, debido a optimización de recursos interpretativos, en la casi ausencia de diálogos, cortos además y a modo de salpicadura. 


Para el director, la selección de Homar en el papel de padre de Silvia, estaba más que clara y él la aceptó sin dilaciones. Según palabras de Armendáriz, era éste quizá el personaje más duro por sus implicaciones, ya que en ocasiones el espectador no diferencia entre interpretación y vida real, con lo cual un personaje trae consigo una animadversión por parte del público. El actor por su parte, confesó haber leído libros relacionados con el tema, y terminar exhausto a las dos de la mañana, con una sensación de angustia debido a que al personaje "hay que comprenderlo" (…)" y hay que jugar a  ser".




Sin embargo, Lluìs Homar ha expresado que ve en este trabajo un espíritu de servicio, y ser parte de ello le llena, le hace sentir orgulloso y satisfecho.


Entretanto, la interpretación de Belén Rueda nos parece ajustada aunque un poco forzada. Tal vez por la dificultad que expresara para entender la reacción de la madre (personaje). Las expectativas pareciesen superar, en este caso, a la ganadora del Goya. Como refiere su realizador y autor, encarna un estereotipo clásico que se hace presente en muchos de estos dramas reales: la madre que, por omisión, permite que se perpetúen los horrores haciéndose cómplice de un terrible acto de vulnerabilidad de la integridad humana. Su personaje parece desbordar a la actriz quien, en determinadas secuencias, mantiene una actitud impostada. 


Estética simple
Armendáriz parece querer erigir su film en una concepción estética muy simple. Su obra se sitúa a una distancia inabarcable con respecto a los efectos especiales al servicio de las angustias. 


Al autor navarro le interesa encontrar el tono, no pretende ser explícito, sino sugerir, y mantener visualmente toda la fuerza y la dureza que él había percibido mediante el contacto con aquellas personas (quienes habían padecido verdaderos dramas) sin caer en  lo bizarro, morboso o escabroso. 


Es una historia profundamente reveladora acerca de un tema delicado y hasta chocante de abordar. A pesar de ello, cabe destacar que Montxo ha logrado contarla sin artificio alguno, al entreverar diálogos muy puntuales y testimonios en una aparente intención de darle carácter documental al drama.




Arquitectura flexible
No le interesaba  al director la planificación de las escenas. Por ello la cámara se dedica a seguir literalmente a los personajes y simplemente, a detenerse con ellos.  De este modo se plantea rodarla en plan "cámara en mano"  y a modo plano-secuencia.


Al ser así, sin un guión de hierro, la exigencia de fluidez a los actores es máxima y las emociones debían surgir, evolucionar, al tiempo que la película. 


La historia estructurada en tres planos temporales y dos espaciales, con elipsis logradas mediante la irrupción de testimonios o por cortes a negro, muestran la evolución del proceso "demoledor" en el mundo psicológico del personaje principal a los 7, los 14 y los 25 años. Pero la trama también se desarrolla en dos líneas narrativas: la historia de Silvia y los testimonios.


Estos últimos funcionan como cortina, recurso para la elipsis, rasgo documental, acento dramático y segundo plano espacial. Los actores de testimonios, a medida que profundizan en sus personales dramas, hacen explícita una realidad cada una más aterradora que otra, difícil es no entrar en sintonía y ser presa de ese temor. Al final, convergen los dos escenarios: cuando Silvia, en busca de una resolución al gran conflicto, se integra a este grupo terapéutico para personas que han padecido abusos sexuales en la infancia y arrastran secuelas traumáticas.


La coherente historia, requisito previo para dotar de sentido a la narración, sin sobresaltos a pesar de sus diversos niveles narrativos. Al salir de la sala de cine se respira una enorme disconformidad, un enojo. Se siente, tal vez apenas, una sensación de vacío colectivo en el silencio de los asistentes.




Luminosidad
La preocupación del autor por el movimiento de la cámara, no es en sí misma tecnológica.  Procede de su deseo de intensificar  el efecto dramático del film. Éste, apoyado en  escasos diálogos y casi como pincelado de efectos sonoros que se hacen cómplices de atmósferas agobiantes, refuerza la soledad de la protagonista que atraviesa calles sin destino. La música incidental nos conduce hasta el insight estremecedor de Silvia. 


Se destaca el tratamiento de la luz sugerente de esa atmósfera que invita al espectador a entrar en la trama con mayor facilidad. No existen escenas excesivamente iluminadas en exteriores, ni efectos especiales, tampoco un uso simbólico "ex profeso" de los focos, sin más que la pretensión aparente de ofrecer un clima intimista pero real a las escenas.


La iluminación está dentro de un patrón homogéneamente verosímil. Más que de la composición de los planos, depende de la acción y del decorado, pero se ajusta a mostrar una realidad sin pretender recurrir a un montaje intelectual plagado de símbolos. Es un  montaje constructivo donde los silencios son cómplices de la historia.


Imperfecciones posibles
Cabría destacar que llama la atención que, a pesar  de que las imágenes priman sobre los diálogos y demás recursos, se presenten algunos posibles gazapos como:
- Tras la caída del coche, desde la plaza posterior derecha del mismo, Silvia aparece en la siguiente secuencia con lesiones exclusivamente en la parte izquierda del cuerpo. Un cuerpo expedido de un coche en movimiento,  evidentemente que continúa en movimiento hasta perder la inercia y puede presentar lesiones en  el lado izquierdo, pero debería tener otros signos de impacto contra el suelo en alguna otra parte del cuerpo. 
- O el diálogo de la madre y el médico donde comenta que la niña comía bien hasta los 7 años pero es que últimamente… ( Tiene 14). ¿Esperó 7 años para llevarla al médico y registrar su problema alimenticio y de salud? 


Esos detalles del guión pareciesen no tener cabida en una película cuyo intimismo permite al espectador adentrarse tan de lleno en la trama, donde nos existen grandes altibajos dramáticos como en las películas de acción y la atención se ve constantemente cautivada por sobresaltos. 




Comprometido
El coste de ofrecer algo más allá de entretenimiento, en una intención de reflexión, el cine gana más de lo que pierde al someterse a la voluntad general, a sabiendas de que éste no se puede forzar en exceso sin riesgo a perderlo, es una apuesta al compromiso.



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