BURBUJA POLÍTICA. El planeta de los insensibles.

Escribe Marcelo Espiñeira.


Denominamos burbuja a aquellos espacios que se aíslan de su entorno. Hay quienes hacen verdaderas maravillas con ellas, con aquellas que son como pompas de jabón. Si hasta existen artistas especializados que montan espectáculos teatrales de hora y media con resultados magníficos. Aunque no todo lo relativo a las burbujas está acompañado de tanta belleza.
Hemos tenido nuestra burbuja inmobiliaria, y así estamos ahora...con familias enteras sin un piso donde vivir, millones de viviendas vacías y muchas de ellas con sus ventanas y puertas tapiadas para evitar a los okupas.


Prima hermana de la inmobiliaria, la burbuja bancaria es probablemente la más peligrosa de todas y la que nos ha arrastrado hasta un nivel de endeudamiento público histórico que ya incluye el sacrificio de nuestros futuros nietos dentro del plan de pagos programado.

También disfrutamos de la burbuja futbolera, con clubes endeudados hasta la coronilla pero pagando los mejores salarios a los mejores jugadores posibles. Estadios más lujosos que un centro comercial y tantas copas ganadas que ya no caben en las vitrinas.


Podríamos afirmar que en una sociedad mal acostumbrada a los subsidios generalizados, las burbujas han florecido en casi todos los sectores económicos, incluído el energético, el cultural o el agrario. De mayor o menor tamaño, algunas más rápidamente que otras, todas las burbujas han venido explotando durante los últimos cuatro años de crisis severa. Pero, hay una que se resiste con firmeza, probablemente la más aislada y mejor blindada de todas, la burbuja política.

Una burbuja resistente

Esta burbuja política que se alimenta de manera fraudulenta casi siempre, que abarca transversalmente el tejido social de este país y que ha conseguido complicidades internacionales del más alto nivel, está instalada en una órbita propia y se desliza en un arco que va desde la insensibilidad más cruda hasta el desparpajo más absoluto.

Coche de uso oficial para funcionarios flanqueado por un numeroso personal de custodia.

Los voraces habitantes de esta excluyente dimensión parecen vivir ensimismados en una competencia fraticida sin otro mejor destino que el de fastidiar al prójimo. Y lo que es peor, pretenden hacerlo con cierta aureola de ilustración divina que los demás no podemos comprender. Como si no estuviéramos a su altura.

Solamente instalados en esta cima soberbia se puede entender que tantos funcionarios en cargos importantes continúen gozando de plenos privilegios como cuando el oro llovía y el derroche era moneda corriente. Pero, justamente para esto está la burbuja, para protegerlos, para excluirlos de la desgracia externa, para que sigan viajando en un Audi negrísimo y de diseño confortable.


Un número demasiado alto de nuestros representantes se ha críado y se ha preparado especialmente en las estructuras de formación que poseen los partidos políticos. La disciplina partidaria es un valor supremo en este ámbito y poseer el gen insaciable es una condición sine qua non para triunfar. Una carrera donde están permitidos los codazos, los golpes bajos y todo artilugio que sirva para fortalecer una posición personal y la del partido, claro está.

Como si la única meta fuera ser nombrado conseller, diputado, alcalde, ministro, subsecretario o presidente... Mareados de poder, les da exactamente igual el área de trabajo asignado, muchos acaban aceptando un puesto en el sector relacionado con la justicia, pero al tiempo se reubican en el de la vivienda. Hay excepciones, por supuesto, pero cada día nos cuesta más encontrarlas.

El ministro Gallardón subiendo al Audi negro asignado a su cargo público.
Política de tertulianos
El cansancio entre la ciudadanía que no integra esta burbuja política tan resistente se ha exteriorizado con mayor intensidad durante el último año. El desatino profundo de tantísimos dirigentes y su interminable serie de declaraciones inoportunas ha abonado el terreno.

Desde la “Champios League de la economía” del expresidente Zapatero hasta el “españolizar a los niños catalanes” del actual ministro Wert, la sucesión de intervenciones desafortunadas es extensa y realmente preocupante. Algunos como Esperanza Aguirre, José María Aznar o Felipe González, son casos extremos en los que cuesta mucho trabajo encontrar algún anclaje con la realidad cotidiana a sus palabreríos. Pero este desfasaje no es patrimonio exclusivo de expresidentes, también contamos con diputados y diputadas adictos a las frases célebres. Tal el caso de la exministra de vivienda del PSOE, María Antonia Trujillo, quien recientemente expresó desde su cuenta de Twitter: “El que tenga deudas que las pague. Que no se hubiera endeudado”. O la diputada valenciana del PP, Pilar Sol, quien cómodamente sentada en su butaca del hemiciclo dijo que: “muchas familias usan las ayudas públicas para comprarse teles de plasma”. El listado es interminable y conocido por la mayoría. 


Como si la manera de hacer política haya incorporado el elemento escandaloso de ciertas tertulias televisivas, muchos dirigentes saben que conseguirán la atención masiva en los medios con estas inconcebibles y perturbadoras intervenciones públicas. Conocedores de la fuerte coraza que los protege, algunos políticos se ríen en la cara de todos con tal de acaparar el foco de atención.

La burbuja política y su desproporcionado calibre condiciona la vida diaria de la enorme mayoría. Muchos se han atrevido a votar en su contra en los últimos años y el futuro inmediato de muchísimas dependencias administrativas está en entredicho. Rajoy quiere usar estos argumentos para desactivar el poder autonómico y recentralizar todo lo posible. No es ese el camino correcto, sería más de lo mismo, otra jugada partidaria más. Lo verdaderamente interesante sería que bajasen a tierra de una buena vez y que definan cuáles son las opciones reales para que los ciudadanos no sigamos pendientes de los favores de esta nefasta ampolla insensible.




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