LA MAFIA DEL FUTBOL ARGENTINO, por Daniel Avellaneda.



Escribe desde Buenos Aires, Daniel Avellaneda.

Hace décadas que el fútbol es un show business. Y un billete vale más que la pasión por la camiseta. Lejos del espíritu lúdico de este juego que inventaron los locos ingleses, la Argentina no es la excepción. Tampoco, a la hora de establecer vínculos con la gobierno de turno. Porque así como este deporte resulta un negocio, también es política. Y desde los tiempos de la Dictadura Militar, cuando el general Jorge Rafael Videla agitó a las masas en el Mundial de 1978 y utilizó el exitismo de la pelota para esconder debajo la alfombra la basura de la represión y la tortura, que los lazos con la Asociación del Fútbol Argentino son estrechos. Entonces, el titular era el mismo que se relacionó con la Presidente de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, para entregarle la televisación de esa pasión de multitudes de argentinos al Estado. Se trata de Julio Humberto Grondona, nada menos.


La base de la fortuna del presidente de la AFA fue la ferretería de la que se hizo cargo en 1951, cuando su padre, Enrique, sufrió una parálisis. Pero su máxima pasión era el fútbol. Ya estaba ligado a Arsenal de Sarandí, donde su hermano Héctor era un promisorio delantero y su primera alegría como dirigente de fútbol fue en 1962, con el ascenso del equipo de su barrio a la Primera C. En 1976, fue electo titular de Independiente. Y tres años después, desembarcó en la calle Viamonte. Sin embargo, Grondona ya le había abierto las puertas a los militares en 1978 y son tristemente célebres las imágenes de su encuentro en la Casa de Gobierno con Videla y sus laderos, Eduardo Massera y Ramón Agosti. Recién en 1983, con el regreso de la democracia, Grondona afirmó: "No fui hombre del proceso". Ya era imposible no quedar pegado. Pero el Jefe, como lo llaman sus obsecuentes dirigentes, siempre se las arregló para coquetear con Dios y con el Diablo y salir bien parado. Indemne.

Grondona resistió la presión del gobierno de Raúl Alfonsín para destituir a Carlos Bilardo antes del Mundial de México, lo que significó un acierto, teniendo en cuenta el resultado posterior. En 1987, fue reelegido presidente de la AFA. Y tan fuerte es su respaldo de la política nacional, que ni siquiera pudo moverlo del sillón ese motín armado entre los entonces presidentes de River Plate, Racing Club y San Lorenzo, Hugo Santilli, Juan De Stéfano y Fernando Miele, respectivamente, quienes le pidieron al presidente de la Nación, Carlos Menem, la intervención de la AFA. El vicepresidente Eduardo Duhalde lo salvó, tras una reunión con el titular de la FIFA, Joao Havelange. "Mi hombre en la Argentina es Grondona", sostuvo el directivo brasileño.


En 1991, y sin licitación previa, Grondona firmó un convenio de seis años para televisar los partidos por el sistema codificado. Y un año después, renegoció el contrato con la empresa Torneos y Competencias para la televisación de los partidos hasta 1999, con una opción de extender el vínculo hasta 2003. El lazo del mandamás de la calle Viamonte con el menemismo ya era inocultable. Por eso permitió que Roberto Cruz, funcionario del riojano patilludo, pudiera gerenciar el fútbol de Deportivo Mandiyú de Corrientes. Y esa sociedad sin fines de lucro que debían ser los clubes, pasaron a tener los brazos abiertos para recibir a las empresas deseosas de invertir dinero en el mundo futbolero.


En 1996, la AFA logra un aumento en los ingresos por la televisación pero a cambio de extender los derechos hasta 2014. Esos 45 millones de dólares asegurados anualmente, pasan en 2002 a ser muchos más tras la crisis global. Sin embargo, Grondona vuelve a negociar el contrato y le exige a TyC el reparto de las ganancias con una base de 180 millones de billetes norteamericanos. Una sociedad que se terminó abruptamente el año pasado, cuando el presidente de la AFA buscó la alianza del Gobierno de Kirchner para darle un golpe al Grupo Clarín: el Estado se hizo cargo del fútbol prometiendo una inversión de 600 millones de pesos por año, dinero que sale del bolsillo de los propios argentinos en una cuestionable política, y la excusa de que ahora, todos, desde Ushuaia hasta La Quiaca, podrían ver los partidos de la Primera División sin ninguna restricción.


Otra vez, Grondona asociado al poder. Con el "Fútbol para Todos" resultó funcional a la Presidenta. Y aprovechó el vínculo de su secretario José Luis Meiszner, presidente de Quilmes, con el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, hincha del recién ascendido club del Sur y flamante vicepresidente del equipo. Se metió en una guerra multinacional. Y tuvo el apoyo de todos los dirigentes, cuyo lema "sí, Don Julio" es habitual. Si en 30 años de poder, sólo tuvo un adversario, el ex árbitro Teodoro Nitti, a quien le ganó las elecciones del nacimiento de la década del noventa por 39 a 1.

Fue Grondona el que eligió a Diego Armando Maradona como técnico de la Selección Nacional cuando renunció Alfio Basile y tuvo el guiño de la Casa Rosada. Figura idílica de los argentinos, los Kirchner imaginaban un campeón del mundo con el futbolista más reconocido del planeta, afiliado al Partido Justicialista y cara visible del acuerdo del "Fútbol para Todos". Es más, la Presidenta se imaginaba levantando la Copa con Maradona, tal cual hizo Videla con Passarella en el Monumental en 1978. Incluso, a pesar de las diferencias ideológicas, su objetivo era el mismo que el de los militares. Fernández de Kirchner había pensado en cancelar una gira por China para que el vicepresidente Julio Cobos, enemigo político, no recibiera a un Diego victorioso en la Casa Rosada.

Nada de esto pasó. Porque la Selección fue un fracaso.  Y la relación de Grondona con el Gobierno se deterioró. No, precisamente, porque haya echado a Maradona. De hecho, los Kirchner ya estaban decepcionados con Diego porque prefirió visitar al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, antes que asistir a un acto del Gobierno argentino. La bronca del clan presidencial con Grondona radicó en el manejo que tuvieron con los barrabravas en Sudáfrica. Muchos de ellos son punteros políticos kirchneristas, en especial Marcelo Mallo, cabeza de la ONG Hinchadas Unidas Argentinas, amigo de Rudi Ulloa, chofer K. Y la deportación de los barras, de los cuales Grondona buscó despegarse en Africa, generó crispación en la Casa Rosada. A esta altura, Grondona ya había sido útil. Como con cada gobierno de turno.

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