GRACIAS PEP. La gesta de Guardiola rompe los moldes establecidos.


Escribe Marcelo Espiñeira.


A contracorriente del ambiente en el que se mueve, Pep Guardiola ha sabido construir el mito deportivo más grande de los últimos tiempos.


El club que lo acogió desde niño, donde se crió futbolísticamente y el cual le otorgó sus grandes oportunidades, hoy debe su sello de identidad a la magnífica trayectoria del hijo pródigo de Santpedor. Como jugador y fundamentalmente como entrenador, Guardiola ha conseguido esculpir al Barça con un obsesivo renacentismo, un modelo que siempre coloca al espectador en el centro de su universo singular.



Más allá del barcelonismo, el fútbol en su entera comunidad ha sabido dar muestras de agradecimiento al esfuerzo de este hombre. Expresiones más efusivas que otras, pero inequívocas a juzgar por la enorme expectativa que suscita su equipo en cada presentación. El Barça de Guardiola (y Messi) ha sido declarado el mejor equipo de fútbol de estos tiempos, lo cual no es poca cosa si se analiza la enorme confluencia de los criterios vertidos.






Control ante todo
Primero en desmontar toda posibilidad de gloria desmedida, el mismo Pep siempre se ha encargado de rebajar las justas expectativas que su entidad provocaba. Sin embargo, es necesario recordar que el equipo que ha dirigido durante los últimos cuatro años respondió casi instantáneamente a su arribo. A escasos dos meses de su ascenso como entrenador de la primera plantilla del club blaugrana, sus pupilos ya se movían por el campo como posesos, goleando con un espíritu insaciable, corriendo los minutos que sean y brutalmente obsesionados por controlar el balón en todo momento. Sobre estas tres aristas reconocibles, el equipo de Pep fue siempre vorazmente ofensivo, pero implacable en lo defensivo. 


“Si tenemos el balón, seremos practicamente invencibles”.  Un lema llevado al extremo radical que sólo este Barça ha sabido alcanzar y que ha modificado los parámetros de un deporte que lucía en una peligrosa meseta de aburrimiento. No es temerario afirmar que Guardiola y su ballet hayan rescatado con un generoso balón de oxígeno el futuro de este juego tan irresistible. 




Un guión para grandes intérpretes
Sin dudarlo, el mayor aporte de Guardiola ha sido estampar una actitud profesional en sus jugadores, tan humilde como eficaz, tan competitiva como humana, tan intensa como generosa. Sin chulerías, sin desprecios, sin insultos, plena de respeto, tesón y convicción.
Un guión ideal para los mejores intérpretes posibles. La orquesta afinó siempre una melodía exquisita, hasta hacernos creer que su música era sencilla de tocar.


Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Villa, Pedro, Fábregas, Mascherano, Puyol, Piqué, Alves, Abidal, Touré, Keita, Valdes... resulta injusto nombrar a algunos y a otros no. Pero vale decir que junto a sus gladiadores más preciados, una larga lista de 21 canteranos han integrado los equipos de Pep entre 2008 y 2012. 


“Creer en la tarea bien hecha”. Tanto se ha repetido esta frase para intentar definir a Guardiola y su Barça. Y luce acertada como síntesis de una complejísima faena que involucra a un nutrido equipo de colaboradores técnicos y preparadores físicos, sin los cuales posiblemente no se hubieran logrado muchos de los éxitos deportivos.




Sostenido en la pasión por el trabajo, el mismo Pep se ha consumido en el trayecto, razón esgrimida en la despedida improvisada que resultó la conferencia de prensa cuando anunció su dimisión al cargo. Su adiós duele pero inspira a continuar el camino elegido. El legado de Pep es abundante, las líneas establecidas son nobles y no es descabellado pensar que su heredero podrá emular su genio desde sus matices personales. 


Sólo nos queda agradecer tanto en nombre del fútbol.

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