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STELLA, historia intimista que elude lo bizarro y maniqueo.



Una crítica de Lilian Rosales de Canals.


Pocas veces somos cautivos de una sensibilidad "rebajada", de una impactante historia que en lugar de intensificar su drama lo diluye como para que pueda ser mejor digerido, de un relato de emociones intensas sometidas a un tamiz que les hacen soportables y hasta estéticamente  atractivas, aun cuando se trate de una tragedia, de una verdadera cadena de fatalidades que sacuden  el interior de un ser humano.  


Aunque su nombre nos recuerda a la comedia homónima de John Erman (1990) protagonizada por Bette Midler, ésta es otra historia y no guarda relación alguna con aquella que sufrió el escarnio de la crítica al ser nominada por partida doble con el "Razzie” como peor canción original ("One More Cheer") y peor actriz en un papel estelar (Bette Midler como Stella Clair).




En la línea del mejor cine francés, "Stella" (estrenada en Francia en 2008) es un film intimista dirigido por Sylvie Verheyde (1967), un retrato complejo que aborda el paso de la niñez a la adolescencia, en sus consabidos conflictos. Sutilidad y  ternura en justo equilibrio con el desasosiego, la zozobra y la inquietud que abaten a la pequeña protagonista y abruman al espectador sin caer en dramatismos bizarros y maniqueos.


Entre el colegio y el bar
La historia transcurre en 1977. Stella Vlamink es una preadolescente de 11 años que vive en un suburbio de Paris, cuyo hogar es un bar que regentan sus padres. En este sombrío lugar ha aprendido lecciones de vida propias del mundo de los adultos que le frecuentan: conoce  de póquer, de billar y entiende de futbol, así como de deslealtad, sexo y violencia…Stella, poco sabe de lo que precisa para aprobar en el colegio o para relacionarse con sus compañeros y más allá, con el mundo exterior. 





Se trata de un relato que enfatiza el choque de dos realidades contradictorias y disímiles: el de una pequeña y sus relaciones con amigos de otros estratos sociales en el colegio, y el de una niña sumida en un ambiente borderline, de vicios y pasiones insanas.


El inicio de una nueva etapa escolar marcará un punto de inflexión en su vida. La pequeña Stella se enfrentará, no solo a sus tremendas limitaciones académicas, sino también a sus carencias para socializar  y a sus restricciones emocionales para entablar contacto con su entorno, mientras devienen los primeros problemas de la adolescencia: la valorización de su aspecto para la aceptación, el ajuste de actitudes para la integración al medio, la mejora del desempeño para las aptitudes competitivas, la reflexión hacia temas de trascendencia como la amistad y el primer amor.


En este contexto, la relación que entabla con Gladys -hija de unos intelectuales argentinos exiliados en París-  será clave para abrir las puertas hacia un mundo pleno de novedades.


Adultos ausentes
Una voz en off (de la protagonista), nos presenta un retrato familiar de caos y disfuncionalidad. Y aunque Stella es singular -una niña en un mundo de adultos cuya educación ha sido tan distinta a la de sus compañeros de clase- no se trata de una niña maltratada, tampoco carente de afecto, es más bien una pequeña que padece una falta de atención, víctima de unos padres que le tratan cual adulto y proyectan en ella sus problemas. Con un padre ausente y una madre frustrada, crece en un hogar divertidamente caótico, pero dramáticamente real e inadecuado. Tras una aparente coraza se esconde una preadolescente que demanda atención y afecto. 


El personaje extraordinariamente interpretado por la joven actriz Léora Barbara, soporta prácticamente todo el peso dramático de este film que a ratos transmite rigidez y violencia, contención y frustración, otras, advierte fragilidad extrema y hasta una posible desconexión de aquella realidad que le circunda y pareciese resultar dolorosa. La película insiste en destacar, sin clave de denuncia, las continuas lecciones emocionales y vitales adversas que recibe una pequeña cuando crece en un entorno donde los adultos son superados por sus roles.
El contrasentido de este film radica en que la pequeña ha de desaprender todo cuanto ha aprendido: vicios, antivalores y recursos de interacción social, para rescatar la inocencia propia de su edad. 





Acierto estético
Aunque al final  de la proyección algunos críticos asistentes expresaban su inconformidad con la narración, catalogándole de ser simplista y sin carácter, es rescatable la mano que escribe derecho una historia torcida, con la exquisitez y finura  femenina, ampliamente notoria en el tratamiento de ciertos asuntos que pueden resultar próximos y universales en los microcosmos que sobreviven a nuestro complejo tejido social. Mediante un conveniente manejo estético, nos introduce en una atmósfera y un tiempo situado en la década del 70. Es también acertado el manejo de la luz con sus lentes soft u objetivos flou, el empleo de alguna aberración cromática puntual, el vestuario, los detalles de utilería y la excelente selección  para su banda sonora.


Es un film que resulta difícil de analizar técnicamente cuando se trata de una buena realización, un desempeño actoral justo pero acertado en el reparto conformado por: Léora Barbara, Anne Benoît, Benjamin Biolay, Guillaume Depardieu, Jeannick Gravelines, Johan Libéreau


Sutil mundo interior
Las abundantes elipsis dejan a la imaginación del espectador algunos supuestos, las escenas dramáticas no pueden considerarse de un tremendo acento escénico y probablemente es por ello que, para la crítica acostumbrada a bombardeos de pasiones potentes y explícitas, casi escenas de tremendismo brutal, en cualquiera de sus ámbitos y posibilidades, ésta puede parecer una floja propuesta. Sin embargo, es muestra de un apropiado equilibrio entre la historia triste, procaz y terrible, y la sutileza del mundo interior de su figura principal, a cuyos ojos se abre el mundo descarnadamente y da paso a su inocencia.

Al tratarse de una película autobiográfica, su creadora Sylvie Verheyde se adentra sin pretensión magníficamente en el mundo volitivo y sensorial de Stella mediante la tarea de narración autorreferencial, para contar una historia que bien puede traducirse en cómo vencer  los retos que azarosamente impone la vida a cualquier humano. 

La doctora en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Beatriz Trastoy, como profesora adjunta de la cátedra de “Análisis y Crítica del Hecho Teatral”, afirma en una de sus publicaciones que: "La literatura autorreferencial escrita por mujeres demuestra, (…), las fuertes reticencias de las autoras a hacer públicos aspectos de su vida afectiva y, sobre todo, sexual, expresadas a través de perífrasis, alusiones, lítote, desdoblamiento de personajes o empleo de persona interpuesta"

El autor/actor que narra su propia vida sobre el escenario (cinematográfico o teatral) está allí para hablarnos de sí mismo; pero, en esa impúdica y ambigua teatralidad de gesto exhibicionista, está allí también para hablarnos de otra cosa. Porque contar la propia historia sobre el escenario es una forma de iconizar el drama de la existencia humana. Es poner en escena el flujo narrativo de la vida.

La crítica debería centrarse en lo que traduce desde la verdad este film,  en un valiente intento por desvelar la propia experiencia que suma un plus en el mensaje transmitido. Una moraleja que calza a la perfección con la frase de Rubén Blades (Aguacero, Disco Tiempo 2000): "La vida es una ventana o un agujero según el punto de vista que decida el pasajero". Y nunca mejor dicho, esta peli toca delicadamente y con grácil pluma, escabrosos temas sin permitir jamás que lo abyecto condene una promesa final.

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