EL ORIGEN DE LOS VICIOS. De Licinio Craso a Rodrigo Rato.

Escribe Lilian Rosales de Canals.


Un país al que aqueja la sospecha permanente de la corrupción, debe cuidar las formas. Desgraciadamente, a la mujer del César no le basta con ser honesta, además, debe parecerlo. 



Como en el resto de las naciones latinas, en España la familia es un valor central, sobre todo cuando se trata de preservar cierto protagonismo en la política, lo que ha llevado a conducir la gestión pública cual negocio de la mafia: la familia primero que todo



Contraproducente para el desarrollo económico de cualquier país, el "familismo" -según el escritor Francis Fukuyama ("Trust")- obstaculiza la formación de compañías privadas y de élites políticas capaces de destacar la idoneidad de los demás, por encima del vínculo parental. Mientras en España predomine la lealtad familiar frente a la cívica, difícilmente existirá aproximación a los criterios de excelencia y desarrollo. 


Pero estos excesos que hoy nos abruman no son patrimonio exclusivo de esta era y pese al conocimiento de su reiteración por siglos, seguimos sin aprender la lección. Al final lo interesante será, en una suerte de pronóstico, revisar el pasado a fin de asumir decisiones certeras y blindar el ejercicio político con verdaderos filtros para la transparencia.


Corruptela atávica
Hace 2045 años en pleno corazón del Imperio Romano se cocía toda suerte de escándalos económicos vinculados a la clase política, empresarial y aristocrática. Cuando Roma alcanzó su esplendor en una civilización que dominaba buena parte de Europa y Asia, y su economía lucía aparentemente sana, toda clase de delitos se hicieron de las riendas persistiendo durante centurias en nuestra cultura occidental. 

Durante la República Imperialista, prácticamente todo era confiscado de los territorios adheridos en beneficio del Estado, y  el pago de tributos alimentaba la hacienda pública, la afluencia de riqueza determinó una nueva organización social que respondía a criterios de linaje y fortuna. Por esos días algunos políticos procedentes de las capas altas de la sociedad creaban compañías y sociedades. La aristocracia senatorial (patricio- plebeya) enriquecida gracias a las tierras públicas adquiridas a plazos y sin culminar de pagar jamás; y los equires (verdadera burguesía de la época) se adjudicaban la administración de salinas, minas, canteras, plantaciones, puertos, astilleros, obras civiles y militares, finanzas, suministro de armamento y vestido para las legiones, con ventas aseguradas, ya que ellos mismos desde el Senado eran responsables de las obras y las compras. Toda una clase que ostentaba el poder político y movía los hilos de la economía. 

No es de extrañar que la pura imaginación traicione al lector y aboliendo siglos, se vea invadido por la imagen del caso Gürtel, o en un arrebato asociativo Rodrigo Rato se trasmute en Marco Licinio Craso quien al apoyar financiera y políticamente al arruinado Julio César, catapultó su propia carrera política.

Rodrigo Rato, de defraudador en Bankia a asesor en Telefónica, en tiempo record.
Como a muchos personajes desenmascarados en la actualidad, la habilidad del aristócrata Licinio Craso para los negocios, la especulación y la extorsión, le permitió amasar un enorme patrimonio mediante actividades tan variopintas como casas de prostitución o brigadas de bomberos. Su increíble fortuna era invertida no sólo en apoyo a la guerra sino a la política y en préstamos a familias nobles en difícil situación económica, procurando buenas relaciones con los capitalistas del orden ecuestre. Sus vínculos y su desfachatez le absolvieron de lo considerado un crimen brutal, cuando fue procesado por acostarse con una virgen vestal.

Otro que cedió a las mieles del poder fue el aristócrata Marco Emilio Escauro que ocupó múltiples cargos (cónsul y príncipe del Senado), quien enriquecido en la guerra de Yucurta "abandonó el bien y la honradez y se lanzó a la depravación" (según Salustio). Destacado en el mundo financiero, fue acusado por Quinto Servilio Cepión de repetundae (delito de enriquecimiento ilícito a costa de pueblos sometidos o aliados donde se reclama la devolución de cantidades adeudadas a los magistrados romanos culpables). En definitiva, donde olía a negocio, algún político estaba presente. 

Tiberio y Cayo Graco.
El Estado convertido en todopoderoso se erguía sin competidores frente a una masa inmensamente pobre (proletariado), situación agravaba por la escasez de alimentos, desempleo, hacinamiento y falta de tierras para trabajar. En este contexto los hermanos Graco comprometidos con los pobres, en un intento reformista de la Ley Agraria, encontrarían sendas muertes. En ambos casos sus propuestas se verían afectadas por las acciones de un tribuno comprado por los intereses de los poderosos. Tiberio y Cayo Graco morirían en las calles de Roma, desprestigiados por la clase política, y abatidos a manos del pueblo engañado. El cohecho, definido en la RAE como: "el delito consistente en sobornar a un juez o a un funcionario en el ejercicio de sus funciones, o en la aceptación del soborno por parte de aquellos" también está manifiestamente presente en los anales de nuestra civilización. La masa manipulada, la clase social todopoderosa manipuladora y los representantes populares venables, continúan siendo pan nuestro de cada día. 

Autores clásicos señalan que Quinto Servilio Cepión logró enriquecerse bajo el cargo de procónsul de la Galia Narbonense. Destacan que se apropió indebidamente de casi todo el oro de los cimbrios, oculto al sur de la Galia cerca de Tolos y que produjo enormes beneficios al invertir su riqueza en la creación de industrias del metal a lo largo del Mediterráneo, empresas a las que el propio Senado compraba para abastecer sus ejércitos. Su incalculable herencia bañó de oro hasta a su bisnieto, Marco Junio Bruto, convertido en uno de los más adinerados de Roma. Cepión quedó impune al ser defendido por Lucio Licinio Craso, la mayoría del senado y el patriciado, cuando años más tarde un tribuno de la plebe intentó juzgarlo. Sin pruebas con el tesoro desaparecido, poco se pudo hacer. Fue deportado de Roma y acabaría veraneando en una de sus propiedades en Esmirna

Nepotismo y tráfico de influencias
Como en la antigua Roma, en la actual España a más de las absoluciones, indemnizaciones y del pase de carteras entre otras prebendas que van aparejadas al ejercicio político, el nepotismo es delito por excelencia. Pompeyo Escipión entregó a su suegro Metelo dos legiones pese a que éste había mostrado una absoluta ineptitud en el ámbito militar, como es posible que Rajoy reparta el pastel entre los suyos. 


El Gobierno del PP ha recurrido a los lazos familiares para cubrir cargos en la Administración, situando a hijos, hermanos y cuñados en puestos relevantes. No importa si hay investigación de por medio, el reacomodo de Rodrigo Rato en Telefónica suena descarado. Y en este orden: el marido de Cospedal, es consejero de Red Eléctrica. El hermano del ministro de Guindos, consejero de Canal Isabel II Gestión. La esposa de Álvaro Nadal, compatibiliza la Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro con la presidencia de la Comisión de Propiedad Intelectual y la de la Sociedad Estatal de Acción Cultural. La pareja de Núñez Feijóo, es jefa de prensa en la Secretaría de Estado de Presupuestos; la exmujer de Rodrigo Rato, presidenta de la red de Paradores del Estado y el hermano de la vicesecretaria de Organización del PP de Madrid es el director de Comunicación de la red de Paradores del Estado. El cuñado del ministro Cañete, es presidente de la Sociedad Estatal de Caución Agraria y el del ministro Montoro,  presidente de Loterías y Apuestas del Estado. El hijo de Esperanza Aguirre, asesor en la Secretaría de Estado de Comercio y la hija del exministro Zaplana es asesora en la Secretaría de Estado de Turismo. Y la misma Aguirre, ahora ha sido contratada por una agencia de cazatalentos que trabaja para las empresas del Ibex 35.

Está claro que la promoción de un familiar no es siempre un acto condenable de nepotismo. Es factible que cuente con un título legal en su favor. Puede que, sin tenerlo, haya logrado reunir méritos suficientes para dicho nombramiento. En tal caso, su exaltación no ocurriría debido a su parentesco sino a pesar de él. Pero cuando se transforma en una práctica extendida, genera toda clase de dudas y nos otorga un derecho a especular: podríamos pensar que buena parte de la quiebra de las instituciones devendría de la falta de competencia de sus gestores. La escasa transparencia también es consecuencia de asignar cargos a sujetos no competentes para tal fin.

El nepotismo impropio (con motivación dolosa) por amiguismo o parentesco, nos ha hecho un daño inmenso al desplazar la idoneidad como supremo criterio para la selección de los funcionarios, privándonos así del aporte inestimable de la excelencia en los cargos públicos. 

Dignitas y auctoritas es nuestro requerimiento impostergable frente a la historia.


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