La cabeza de PUJOL. Rajoy encuentra el crimen perfecto

Escribe Marcelo Espiñeira.

Asistir en primera fila al linchamiento público de Jordi Pujol es una experiencia contradictoria. Por un lado, se siente una sensación de profundo desprecio ante el fraude confesado y la caída de una figura política paternalista y popular como casi ninguna en este país. Por el otro, cunde la sospecha de que los últimos ochenta años de España han sido una gran farsa, por no llamarla estafa generalizada, donde Pujol encaja ahora como el autor del crimen perfecto que ayudará a continuar boicoteando la expresión democrática de la ciudadanía.


Nadie en su sano juicio podría creerse que Pujol ha salido a confesar sus millonarios pecados fiscales por un simple o súbito arrepentimiento. Resulta complejo imaginarse a don Jordi preocupado durante las noches en su casa de Queralbs, sin pegar ojo en la cama y pensando en las desgracias que las listas de espera causan a los pacientes pobres de la decadente sanidad pública catalana. Los defraudadores compulsivos no actúan así. Se limitan a eludir el pago de sus impuestos en Andorra o Suiza o las Islas Jersey, pero jamás se pondrían a pensar en sus consecuencias directas sobre el conjunto de la sociedad. 


No, la historia no puede haber sido como nos la están contando. No se trata de un arrepentimiento. Tan sólo siendo un poco coherentes con las dinámicas habituales que han regido a tantos encumbrados hombres públicos de este país durante el último siglo, deberíamos situar a nuestro "arrepentido" dentro de una compleja trama de presiones, extorsiones y negociaciones celebradas a espaldas del ciudadano corriente, sin transparencia de ningún tipo y más propia de gangsters sentados en una mesa VIP de un casino de Atlantic City que de representantes políticos elegidos en las urnas de un país democrático. Habrá que rendirse a la evidencia, pretendemos elegir a los mejores administradores de lo público y siempre nos gobiernan los mismos mafiosos.


Ahora bien, cómo aislar el caso Pujol de la contabilidad B del Partido Popular, los ERE del PSOE andaluz o ese pozo de corrupción putrefacta que han cavado en la Comunidad Valenciana hasta profundidades insospechadas, el robo sistemático de las Cajas de Ahorro, el de Millet en el Palau y las comisiones ilegales en todo contrato de obra pública que por allí anduviera. ¿Puede alguien creer que la conducta de Pujol con sus ahorros no declarados a Hacienda fuera muy diferente a la del apostador “afortunado" Carlos Fabra, el "cabrón" de Bárcenas, el "yerno" Urdangarín o  la de los alcaldes del PP gallego en Santiago de Compostela? Aunque el ministro Cristobal Montoro se esfuerce en montarse un culebrón a la Hugo Chávez por la tele, nadie puede creerle ya. La política española se financia ilegalmente y precisa de dirigentes corruptos para montar su particular tienda circense. Es así de claro. 




No obstante la chapuza constante, habrá que admitir que Rajoy tenía preparada su estocada al proceso soberanista. El gobierno central eligió hablar poco y nada hasta agosto último. Se nutrió de la oportuna presencia de la EuroSheriff Angie Merkel para lanzar sus amenazas más vehementes contra la posible celebración de la consulta del 9N y acto seguido, ventiló el fraude del prócer Pujol ni bien acababa la temporada de verano. Por lo que se vislumbra hasta ahora, el caso también salpicaría a una buena cantidad de dirigentes de CiU, lo que lo hace más temible para todos los funcionarios de Convergencia en el Govern. 


Siempre grotesca ha sido la oposición al referendum ejercida por el Partido Popular desde hace dos años atrás, plena de profesías catastróficas y horizontes tremendistas alejados del sentido común. Sin embargo, esta vez nos queda la sensación de que la han colado mejor que en otras ocasiones. El desgaste causado por la incertidumbre combinado con los ajustes sociales y una eterna discusión estéril, refuerzan una operación mediática que parece bastante mejor coordinada desde las investigaciones policiales, la presión ejercida sobre el mismo Pujol para que se autoinculpara públicamente, las querellas judiciales posteriores, la amplia difusión en El Mundo, El País, La Razón, el ABC y las tertulias de radio y televisión, que han multiplicado el efecto de esta información hasta el fastidio. Porque justamente de eso se trata este juego: propagar el contagio del máximo desencanto posible entre los ciudadanos catalanes y suprimir de paso, cualquier intento de variar el status quo vigente desde el inicio mismo de la transición y el posfranquismo.

Antes de encontrar al reo ideal, Rajoy siempre ha negado la posibilidad siquiera de un debate serio de cualquier idea que pudiera sustentar el pedido de independencia por parte de una posible mayoría entre los ciudadanos de Catalunya. Este es su modus operandi en casi todas aquellas cuestiones en las que su gobierno debe tomar decisiones importantes para sus intereses. Desde la cúpula del PP no se contempla la más mínima chance de encontrar un consenso que pudiera torcer en parte sus propósitos originales. Prefiere no sentarse a negociar, al rodillo de la mayoría absoluta parlamentaria lo ha empleado a fondo estos años. Y ante este monumental fracaso democrático, vale señalar que la culpa también se comparte con ERC, Artur Mas y el núcleo duro de dirigentes partidarios de la independencia catalana. A quienes siempre les ha faltado algo de muñeca para forzar un debate público sobre la cuestión en el resto del estado, como también sobrado rabia en alguna de sus expresiones. Aunque es cierto que en el terreno de las provocaciones jamás se han acercado al nivel de arrogancia y soberbia verborragia emitida desde la oficina de operaciones ubicada en la meseta central. 

Lo cierto es que estamos huérfanos de un debate nutritivo. Tímidamente, sólo aparecido en ciertas columnas de opinión firmadas por especialistas en unos pocos periódicos, donde más que nada se contrastan cifras de fiscalidad o hipótesis bastante alejadas del día a día, como los vericuetos constitucionales relacionados con la celebración de la consulta. En contraste, lo que abunda es la prensa partidaria, con nula objetividad en sus crónicas abundantes y farragosas, confirmando que el ejercicio de un periodismo sensato está en desuso. 

En medio de este ambiente tan contaminado han transcurrido dos largos años con la propuesta del referéndum sobre la mesa, pero ni de lejos nos hemos acercado al debate civilizado que proyecta la opinión pública y los medios escoceses. Valdría preguntarnos si será por simple menosprecio hacia el criterio que puedan tener los ciudadanos en este país o porque ninguno de los principales implicados contempla debatir sus ideas de manera franca en busca de la mejor solución al conflicto. Esta es una respuesta que únicamente la perspectiva otorgada por el paso del tiempo nos responderá tarde o temprano. De momento, deberemos conformarnos con las dos únicas opciones visibles. Por un lado, la promesa de una Catalunya libre, poderosa y aceptada por Europa. Por el otro, las cabezas rodando de Pujol y sus secuaces, decapitadas en la particular cruzada inquisitoria del sr. Montoro, siempre como garantía de la unión del Reino "indivisible" de España…



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