HOTEL BAUEN, cuando los trabajadores espabilan.


En Argentina, hay más de 40.000 personas empleadas en las empresas recuperadas, tomadas por los trabajadores afectados por la tremenda crisis del 2001 y que a pesar de todo tipo de dificultades, han resistido durante los últimos diez años.


Es este un paseo por el Hotel Bauen, un caso emblemático de la consigna: "Ocupar, Resistir y Producir". 



Desde Buenos Aires, 
por Tom Dieusaert
y Jean-Jérôme Destouches.


El Hotel Bauen está en efervescencia. Las mujeres de limpieza agitadas lustran el parquet del salón Simón Bolívar para el próximo evento, mientras que el personal de recepción atiende a los numerosos turistas. Hay muchos brasileños que, aprovechando el tipo de cambio favorable, vienen en un city-trip para conocer a Buenos Aires o sumergirse en el mundo del tango. 



A primera vista, este edificio de veinte plantas, ubicado a metros de la famosa y ruidosa esquina de Callao y Corrientes, no tiene nada de particular. Pero las apariencias engañan, pues el camarero que nos atiende en la cafetería es el dueño, igual que la camarera que acaba de pasar o Marcelo Ruarte, quien actúa como vocero de la cooperativa que administra el hotel.

"El Bauen ("construir" en alemán) quebró en 2001," cuenta Marcelo. 

"El propietario Marcelo Iurcovich tenía deudas que alcanzaban los 8 millones de pesos y optó por no pagarlas y cerrar el hotel. Con unos 60 trabajadores en plantilla que nos quedamos en la calle esperando una indemnización (a través de una demanda judicial).”

 “Más tarde, los vecinos del barrio nos llamaron para avisarnos que unas furgonetas venían por las noches para vaciar el edificio del hotel. Esto nos obligó a tomar las instalaciones por la fuerza, rompiendo los candados y algunas puertas, para luego organizar una guardia permanente en el lugar," continúa Marcelo.

Una vez dentro, los trabajadores se toparon con otra realidad de la que habían sabido dos años antes: "Había ratas, cucarachas y plagas, resultado de dos años de abandono," dice Marcelo "y varios bienes como televisores y camas habían desaparecido."

El Bauen de estética setentista, de color marrón oscuro y naranja, no está exento de símbolos. El hotel fue construido durante la dictadura feroz de los años 70, para albergar a los funcionarios extranjeros que venían a ver el Mundial de fútbol de 1978 y para construir el hotel, el dueño Iurcovich recibió un préstamo grande que nunca devolvió al Estado.  

"Se puede decir que este hotel fue hecho con dinero manchado con sangre," dice Marcelo "y por eso está bueno este experimento de lucha que vivimos." 

El vocero cuenta como el pasado 13 de abril los empleados del hotel fueron a la Cámara de Diputados argentina para apoyar el pedido de nacionalización del hotel. "Queremos que el Estado argentino - el acreedor principal - se quede con el  Bauen y luego nos lo de en concesión a los trabajadores, a cambio del pago de un canon anual.” 

Los cooperativistas del Bauen tienen otros buenos argumentos que mostrar. Desde 2001 hasta la fecha, la plantilla de trabajadores aumentó hasta 166 personas.  Ellos ganan todos el mismo salario, 3000 pesos (unos 800 dólares). 

"El año pasado (2010) tuvimos una ocupación promedio del 80%," cuenta Marcelo. "Tuvimos el récord de ingresos de los últimos 8 años, entraron más de 15 millones de pesos. Todavía estamos esperando que el estudio contable nos diga cuanto de esto fue ganancia." 


El vocero de la cooperativa insiste que la idea no es competir con los ingresos de un hotel en manos de un dueño. "Nosotros  operamos según otra lógica que la capitalista. La idea principal es trabajar por un salario digno, pero también queremos pagar nuestras deudas, o hacer las reparaciones necesarias. Una empresa capitalista, por otro lado, quiere solamente aumentar las ganancias y para eso tienen que ahorrar en salarios, mantenimiento y seguridad." 

Cambiar el rumbo de una empresa privada, con una estructura jerárquica vertical, y convertirla en una cooperativa no ha de ser fácil. 

"Más que el acoso de los antiguos dueños y la justicia, creo que lo más difícil durante estos diez años ha sido la organización interna," confiesa Marcelo Ruarte. "Si en una familia hay peleas, imagínense esto dentro de una cooperativa naciente. Al principio costaba organizarnos. Ni bien recuperado el hotel, no había mucho control interno y algunos trabajadores pasaban de un sector a otro, según donde trabajaba otro amigo de ellos o porque no se llevaban bien con un jefe. También había casos de gente que realmente no estaba capacitada para la tarea y nos costó sustituirlos.  Así hubo un valet de plantas - el encargado de las empleadas que reparten las toallas y sabanas - que no hablaba idiomas. Y para ese puesto era indispensable que uno hablara inglés o portugués. Lo tuvimos que pasar a otra área y reemplazarlo por alguien que sí manejaba idiomas.”

Los conflictos más grandes que tuvieron que sortear en el Bauen fueron las discusiones sobre inversiones y reparaciones. "Recuerdo que estaba en la mesa la propuesta de renovar la fachada deteriorada," cuenta Marcelo Ruarte. "Una minoría se opuso, diciendo que podíamos ahorrar este gasto y otorgarnos un salario más alto. Luego vino la discusión sobre el cambio necesario de las tuberías, instaladas en los años setenta y que necesitaban un cambio integral. En total, habremos invertido más un millón de dólares durante la década para mejorar el edificio," según Marcelo. 

A veces no es fácil ser una cooperativa. "Nos cuesta entender que ya no hay un propietario que soluciona, el principal reto somos nosotros mismos. Somos dueños de este proceso de cambio. Hay que inculcar el sentido de pertenencia," cuenta Marcelo Ruarte. "Ahora, por ejemplo: el sindicato del personal hotelero está negociando una suba salarial del 40% (en el 2010 Argentina tuvo una inflación de 45%), pero nosotros como dueños no podemos participar en esto. Eso duele.”


En la tercera planta del inmenso hotel Bauen, el rugido de la aspiradora de la mujer de limpieza en la habitación Verde Primavera se detiene. Coge una bayeta, y quita el polvo de una anticuada y pequeña tele gris de los años '80, mientras que un hombre en bata azul arregla una lámpara. Están esperando a un grupo grande de franceses que no solo vienen a alojarse sino que también van a asistir a un congreso sobre temas de Derechos Humanos. "Además de atenderlos con comida y brindarles el espacio para la reunión, les daremos un City Tour diferente," cuenta Marcelo orgullosamente. "Vamos a pasearlos por Buenos Aires y a mostrarles otras empresas recuperadas. Así conocerán otra faceta de este país, pocas veces vista, pero sin embargo, no menos real." 

(© Prensa Nueva/abril 2011)

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