GADGETS. El avance compulsivo

Escribe Marcelo Espiñeira.

El politólogo y sociólogo Luis Moreno Fernández (Madrid, 1950) nos recuerda en su recomendable libro "La Europa asocial" (Ed. Península, 2012), que el neoliberalismo de Margaret Thatcher patrocinó que los individuos cubrieran por sí mismos todos los riesgos inherentes a la vida social. Asimismo, cita al canadiense Ian MacPherson, cuando señala que el individualismo posesivo, como norma única aceptada, enfatiza un entendimiento asocial de la existencia humana, generando un marco donde cuenta sobremanera la insaciable pulsión por el consumismo egoísta y la avaricia acaparadora, identificados como inapelables motores de la existencia humana y principios guía de toda actividad económica. Finalmente alude al sociólogo estadounidense Daniel Bell, recordando que el capitalismo consumista hace a los ciudadanos unos cautivos de la industria de la satisfacción individual inmediata. 





Individualismo consumista
Consumismo, individualismo y satisfacción inmediata… muy probablemente sean rasgos distintivos de los días que nos tocan vivir. Por eso mismo, sin excesiva reflexión, la mayoría de nosotros parecemos admitir estos valores como algo natural e irreversible. Así es que nos levantamos cada día para vender, comprar o esperar que nuestras inversiones sean más rentables que ayer, guiados por algún tipo de inercia incontrolable, como si fuésemos subidos a un tren que corre y corre con tanta prisa, que apenas nos permite disfrutar del viaje. Es posible que el vértigo sea parte esencial de este proceso y nos retroalimente constantemente.

Aunque para comprender nuestro presente deberíamos recordar que hace 25 años atrás, un nuevo medio irrumpió a escala global con fuerza inusitada. Internet se convirtió en el instrumento perfecto para impulsar el intercambio de ideas y mercancías al ritmo frenético que precisamente necesita el consumismo para expandirse. Nunca antes experimentada, esta auténtica revolución digital trajo consigo un fenómeno bautizado como "globalización", de enorme complejidad y que todavía no acabamos de abarcar en cuanto a sus consecuencias. Sin temor a equivocarnos, hoy podríamos afirmar que a niveles de organización social vamos a remolque de los avances tecnológicos, o que la velocidad extrema empleada por la fusión de científicos, informáticos y profesionales del marketing en su floreciente industria, acaba por resquebrajar cualquier estructura o símbolo de estabilidad en nuestros espacios cotidianos. 



Con cierta perplejidad, ahora vemos como nuestro trabajo está sujeto por la inestabilidad, nuestros gustos resultan cambiantes, nuestras relaciones inconstantes o nuestro futuro está siempre signado por la incertidumbre. En éste árido contexto, no podemos menos que pensar sobre la posible responsabilidad de aquel vértigo que siempre ha necesitado el capitalismo consumista para imponerse. Un caos incontrolable que seguramente está encontrando sus propios límites. En este sentido, la inconmensurable crisis económica actual parece haber dado señales inequívocas a muchos estudiosos sobre el probable agotamiento del sistema en sí mismo, más allá del pérfido curso que estaría construyendo una futura sociedad muchísimo más injusta que la conocida durante la segunda parte del siglo pasado en Europa. 

Margaret Tatcher y Ronald Reagan, firmes impulsores del individualismo consumista.

Avance compulsivo
En muchas ocasiones, no sabemos bien si el problema radica en la propia velocidad de los cambios que soportamos (y aplaudimos) o en la filosofía intrínseca que traen consigo estas alteraciones. El vértigo, nuevamente aparece como un factor decisivo que nos impulsa a consumir, a reflexionar muy poco y también a apostar ciegamente por cualquier artilugio nuevo que nos presenten. Treinta años atrás, nadie hubiera sospechado que el teléfono móvil se fuera a convertir en un invento tan revolucionario como el automóvil, y sin embargo lo ha sido. Este tipo de éxitos puede confundir a la gran mayoría y fomentar la creencia de que la sensatez pasa por esperar a que salga el nuevo producto para abalanzarse decididamente sobre él. Las interminables filas que suelen formarse en las tiendas de Apple durante las vísperas del lanzamiento de un nuevo modelo de sus variados gadgets, son una buena síntesis del auge de este consumismo tecnológico, que puede alcanzar características de un fenómeno religioso.  

Realmente sería sano recordar que la industria tecnológica también se equivoca, porque proviene directamente del conocimiento científico, el mismo que avanza a través del conocido método del ensayo y error. çPor eso mismo, hoy todavía estamos lejos de saber si las ondas electromagnéticas que emiten los hornos de microondas o el servicio por WIFI, podrían producirnos daños de algún tipo en nuestro organismo. Menos aún, si hablamos de los perjuicios del tipo psicológico en cuanto al uso cotidiano del teléfono móvil, Internet o las redes sociales. Ante estos dilemas, la dificultad para hallar soluciones aparece duplicada. Por un lado, la potencia de la industria tecnológica es tan grande, así como su red de distribución y todas las actividades derivadas que se desprenden de ella, que difícilmente fuera a tomarse en cuenta un estudio científico independiente que advirtiera sobre los riesgos de alguna de sus nuevos aparatos de venta masiva. Por otra parte, cada día nos cuesta más reconocer el tipo de comportamientos existentes previo a la irrupción de estos gadgets en nuestras vidas. O al menos, nos representa un esfuerzo cada vez mayor, que incluso choca de frente con la aceptada teoría que sitúa a los avances tecnológicos como una consecuencia directa de nuestra supuesta evolución natural y constante como especie. ¿Sólo somos capaces de ver a la nueva tecnología con buenos ojos? ¿Acaso hemos perdido nuestra capacidad crítica ante la poderosa industria tecnológica? Por momentos, parecería que sí.

Mapa de Silicon Valley, el paraíso tecnológico norteamericano.
Los gadgets nos están transformando como sociedad, condicionan muchas de nuestras respuestas más sencillas y algunas mentes brillantes lo saben perfectamente. Ahora mismo, Google prepara el lanzamiento de sus gafas interactivas. Lleva algunos años trabajando en el proyecto y no sería aventurado creer que esta compañía persigue dar un paso de gigante en la confección de una nueva generación de gadgets que se puedan integrar de manera más "natural" a nuestro cuerpo y sobre todo, de manera permanente. Los artículos de prensa sobre este artilugio auguran que nos facilitará una nueva visión que integre el mundo real, ese que tocamos, el que está frío o caliente, el que está mojado o seco… con aplicaciones digitales sofisticadas que nos introducirán en una nueva dimensión. Un espacio básicamente mental y menos corpóreo, ¿más íntimo? ¿más comunicativo? ¿más social? ¿más individualista? Nadie lo sabe todavía, probablemente ni siquiera lo sepan aún en las entrañas de Silicon Valley. Tampoco sabremos si estos intereses han formado parte alguna vez del grupo que diseña estos aparatos. Tan sólo podemos intuir que hay factores que indudablemente han tenido muy cuenta para su diseño. 

Damos por seguro que el día que nos calcemos un par de Google Glass, estas electrogafas virtuales nos guiarán hasta donde se venden esos dulces que tanto nos gustan, nos indicarán donde los venden más baratos, qué comercio ha vendido más este mes y a cuántos de nuestros amigos también les gusta comerlos… ¿Alguien tiene alguna duda al respecto?





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