2017. Pendientes de un año difícil

Escribe Marcelo Espiñeira.

..." los catalanes y las catalanas decidiremos libremente nuestro futuro en un referéndum legal y vinculante”"...
 Carles Puigdemont

El reloj parece correr más de prisa últimamente en Catalunya. El apuro de sus dirigentes es constante y el calendario no les alcanza jamás para resolver las cuestiones políticas que mantienen pendientes. En realidad, estas son las mismas de siempre, y el cambio pasa por los estrechos límites temporales que el gobierno catalán ha pactado con sus socios más ansiosos en el Parlament. La dichosa hoja de ruta acorrala al proceso independentista y esta presión, lejos se encuentra de producir los efectos deseados entre sus interlocutores españoles. 

Rajoy no pierde la paciencia, en parte porque es el activo más valioso que posee y también porque sus socios europeos no eligen acompañar el solitario soporte escocés al derecho a decidir reclamado por los diputados en el Parlament. El proceso independentista catalán no ha conseguido romper su aislamiento político en Europa durante estos últimos años, lo que dificulta aún más su posición internacional. Esta es la basa del gobierno español, el apoyo político que recibe la unidad de España desde Berlín, Washington y Bruselas. Así, se produce la curiosa circunstancia que unos europeístas entusiastas, como son los independentistas, no reciben el apoyo recíproco de sus queridos vecinos.

                                
La fecha límite establecida en setiembre próximo para la celebración de un Referedum de Autodeterminación agita las aguas del mapa político local. Carles Puigdemont ya ha anunciado públicamente que suceda lo que suceda respecto al cumplimiento del encargo político recibido, él dejará el Govern antes de que finalice el año, algo que podría traducirse como nuevas elecciones en 2017.

Como vemos, la inestabilidad política no se alejará de Catalunya durante este año que se inicia. Al igual que en buena parte del resto de Europa. El 15 de marzo, los holandeses deberán pronunciarse en las urnas para renovar su ejecutivo de gobierno. Ese día, el líder islamófobo de ultraderechas, Geert Wilders, se presentará con una posibilidad cierta de triunfo. Su promesa de garantizar la celebración de una consulta al estilo de la del Brexit, podría catapultarlo al poder en los Países Bajos, propagando así la estela antieuropeísta de manera decisiva. Un mes después, los comicios generales se realizarán en Francia y si Marine Le Pen y su nacionalista Front National se impusiera en una hipotética segunda vuelta, pues podría significar el principio del final de la Unión Europea. El colofón electoral lo tendremos en setiembre u octubre en Alemania, cuando la canciller Angela Merkel deba refrendar el apoyo recibido hasta ahora en un contexto muy diferente al de años anteriores, con la crisis de los refugiados sirios como pesada losa y la amenaza real de los atentados terroristas, todavía frescos en la memoria colectiva. ¿Qué pesará más en estas elecciones alemanas?... ¿el complejo presente de una Europa difícil de administrar? o ¿el temor a repetir los históricos errores de un pasado oscuro relacionados al nacionalismo xenófobo de Adolf Hitler y los nazis?



Otro factor que despierta fundados temores para este año agitado es la asunción al poder del indescifrable presidente norteamericano Donald Trump. Este mediático personaje no posee una personalidad que inspire la previsibilidad o el talante de sensatez política que irradiara la pasada administración con Barack Obama al frente. Su discurso rompedor promete cambios radicales en EEUU, algo que en las circunstancias actuales podría repercutir negativamente en muchos sitios. El primer ejemplo ya se ha podido apreciar con la fuerte suba del precio de los carburantes en Méjico, cuya economía sería en principio una de las peor afectadas por el efecto Trump y la aplicación de recetas neoproteccionistas en EEUU. Las relaciones comerciales con China y la Unión Europea son otra cuestión que el magnate ha prometido reconsiderar cuando llegara a la Casa Blanca. En cualquier caso, en pocos días más comenzaremos a enterarnos del alcance real de las promesas de Trump. Muchas de las cuales venían cargadas con un tufillo a xenofobia, proteccionismo y negacionismo de cuestiones tan sensibles para la humanidad como el cambio climático.

La salida pactada de Europa por parte del Reino Unido debería comenzar en marzo próximo con la activación del artículo 50 del Tratado de Lisboa. Así lo prometió su primera ministra, Theresa May, lo que significaría que ambas partes dispondrían de un plazo máximo de dos años para terminar con unas negociaciones que podrían ser muy duras. La reciente renuncia, en malos términos, del diplomático inglés Ivan Rogers ha puesto al descubierto cuan costoso podría resultar el Brexit para los ingleses, ya que ha sugerido que el Reino Unido necesitaría al menos unos diez años más para poder alcanzar un nuevo acuerdo comercial con Europa. 

El Reino Unido podría necesitar
al menos diez años
para normalizar sus relaciones
con la Unión Europea

Ya vemos que si la Unión Europea consigue sortear este auténtico campo minado de comicios peligrosos y tendencias nacionalistas exacerbadas, más pronto que temprano deberá dedicarse a emitir potentes gestos a sus ciudadanos para que pueda entenderse de una buena vez los beneficios que esta unión nos aporta a pie de calle. En lo que respecta a España, su dependencia del modelo actual es tan alta, que evitaremos analizar un hipotético escenario en el que pueda vislumbrarse el quiebre del club de naciones. Las exportaciones que han mejorado los resultados económicos del país se sustentan en el mercado europeo como principal consumidor de los productos de fabricación local. El euro ha aportado una estabilidad en España, con sus altibajos conocidos, que revierte en la necesidad de apoyar esta organización política, más allá de la evidente necesidad de corregir sus inmensos defectos de diseño. España es eurodependiente fuera de toda duda, por tal motivo en 2017 a sus europarlamentarios les tocará maniobrar en Bruselas cuanto puedan para mantener vivas las bases de la Unión.

Más allá de cómo acabe resolviéndose el conflicto entre la Generalitat y la Moncloa, a la coalición que ocupa el gobierno español le queda pendiente afianzar la recuperación del empleo con medidas que favorezcan una reducción de la precariedad en el mercado laboral. Una vez alcanzada la cifra de cotizantes existente antes del inicio de la crisis, el problema es la escasa calidad de estos nuevos empleados. La tendencia ha acentuado una desaparición progresiva de las clases medias, bajo la excusa de la competitividad de las grandes empresas. La brecha entre ricos y pobres se ha acentuado de tal manera que no queda otra opción que intentar corregirla de inmediato. En este sentido, el PSOE cargará con la mayor responsabilidad en esta nueva sociedad. No valdrá que se abstenga de presionar a Rajoy para mejorar la calidad del empleo y reducir la temporalidad. Los sindicatos mayoritarios han prometido un año de reinvindicaciones callejeras en busca de un reparto más justo de los beneficios.

El cúmulo de desafíos para el año que comienza no termina aquí, ya que existe un consenso generalizado acerca de lo mucho e importante que nos estaremos jugando a lo largo de los próximos doce meses.








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